La historia que no apareció en la portada.

Qué curiosa es la vida. Un miércoles 31 de octubre de 1979, alrededor de las nueve de la noche, mientras el mundo celebraba, discutía, competía y se transformaba, yo llegaba a él.

Nací en una fecha amada por muchos y cuestionada por otros: Halloween. Pero ¿quién soy yo para tomar partido? Aquel día no vine a defender una celebración ni a discutir sobre sus orígenes. Vine, como todos, sin saberlo todavía, a construir una historia: mi historia y, sin duda alguna, a dejar huellas y procurar que las personas que llegaran después de mí pudieran seguirlas, corregirlas y, especialmente, superarlas.

Mientras mi madre me sostenía por primera vez, las páginas de El Telégrafo contaban otra historia: la del Ecuador y la del mundo en movimiento.

En Quito se discutían las relaciones económicas entre los países de la Junta del Acuerdo de Cartagena y los Estados Unidos. Se hablaba de integración, de cooperación y de un posible memorándum de entendimiento. En Guayaquil, el Comité Pro-Bienestar cuestionaba públicamente la actuación del alcalde Antonio Hanna Musse. En la política nacional se debatía sobre decisiones tomadas por Abdalá Bucaram, mientras que desde Estados Unidos llegaban noticias del inicio de una nueva batalla por la Presidencia: Jimmy Carter se preparaba para enfrentar el desafío político de Edward Kennedy.

Aquel periódico también informaba sobre la muerte del ministro de Trabajo de Francia, Robert Boulin, un acontecimiento que estremecía a la política europea. Todo sucedía simultáneamente. Había tensiones políticas, disputas por el poder, proyectos de integración, cuestionamientos a las autoridades y decisiones que podían modificar el futuro de países enteros.

Y, en medio de todas esas noticias, nacía yo. Sin duda alguna, dentro de tantos cambios y procesos que acontecían no solo en el Ecuador, sino en el mundo entero, llegué para cambiarlo todo. Y claro, las malas noches de mis padres fueron apenas el inicio.

Mi nacimiento no apareció en la portada de ningún diario. No alteró los mercados, no modificó las relaciones diplomáticas ni cambió el rumbo de una elección presidencial. Sin embargo, para mi familia comenzó una historia tan importante como cualquiera de aquellas noticias: la historia de su primer hijo.

Ser el primero no es sencillo. Los hijos no llegamos con manuales de instrucciones y los padres tampoco reciben un documento que les explique exactamente cómo educarnos. Yo llegué para que mis padres me enseñaran, pero también para enseñarles. Crecimos juntos. Ellos aprendieron a ser padres y yo aprendí a ser hijo, hermano, amigo, padre y, con el paso del tiempo, la persona que soy actualmente.

La vida me enseñó que la verdadera diferencia entre las personas no se encuentra en la raza, en el apellido ni en la condición social. Muchas veces está en la información que acumulamos, en las experiencias que vivimos, en las decisiones que tomamos y en los mentores que escogemos.

Yo he tenido varios mentores. Los primeros fueron mis padres, quienes me enseñaron con palabras, pero, sobre todo, con su ejemplo. Después llegaron profesores, amigos, compañeros de trabajo y personas que, incluso sin proponérselo, dejaron una enseñanza en mí. Y ahora mis grandes mentores son mis hijos. Ellos me recuerdan que enseñar no significa saberlo todo y que, muchas veces, quien cree estar educando termina siendo el verdadero aprendiz.

Desde muy pequeño, el trabajo, los negocios y la iniciativa estuvieron presentes en mi vida, aunque al principio de una manera bastante particular.

Recuerdo que uno de mis primeros emprendimientos fue junto a mi hermano Edison. Mis padres tenían una pequeña bodega de electrodomésticos en el segundo piso de la casa donde vivíamos y donde también funcionaba su negocio. Mi hermano y yo tuvimos la inocente —aunque poco rentable— idea de intercambiar algunos productos de aquella bodega por helados o por unos cuantos sucres para comprarlos.

En ese momento, seguramente pensábamos que estábamos realizando grandes negocios. Con los años comprendimos que nuestros padres probablemente no compartían el mismo entusiasmo por aquel modelo comercial. Sin embargo, esa anécdota refleja que, incluso desde niños, ya existía en nosotros cierta curiosidad por intercambiar, negociar y obtener algo a cambio. El espíritu emprendedor estaba presente, aunque todavía necesitaba algunas lecciones sobre costos, inventarios y rentabilidad.

También recuerdo que, cuando estaba en primer grado de escuela, negociaba las loncheras de mis compañeros. Observaba las preferencias de cada uno, averiguaba qué querían comer y, por unos cuantos sucres, conseguía aquello que buscaban. Prácticamente, todo consistía en un intercambio de manos: alguien quería algo, otro estaba dispuesto a entregarlo y yo encontraba la forma de unirlos. Al final, lograba quedarme con una pequeña ganancia para gastarla en el bar de la escuela.

Sin saberlo, estaba aprendiendo conceptos que años después serían importantes en mi vida profesional: conocer al cliente, identificar sus necesidades, negociar, crear valor y encontrar oportunidades donde otros solo veían una lonchera.

Una de las experiencias que jamás olvido y que, en cierta forma, ayudó a construir mi confianza ocurrió cuando le dije a mi padre que quería trabajar a su lado. Desde muy pequeño, él había sembrado en mí el amor por el trabajo, la disciplina y la responsabilidad.

Cuando le expresé mi deseo de incorporarme al negocio, su respuesta fue clara:

—Primero están los estudios.

Yo le contesté que podía hacer las dos cosas. Podía estudiar y trabajar al mismo tiempo.

Después de varias discusiones y desacuerdos, decidió darme una oportunidad. Me dijo que debía demostrar con hechos aquello que estaba afirmando.

—Prepárate, viaja a Miami y consigue esta marca. Si lo haces, tendrás mi confianza.

Acepté el desafío. Me preparé, viajé y logré reunirme con los representantes de la marca. Durante la negociación, los gerentes me dijeron que, si había una persona mayor de edad dispuesta a respaldar todo lo que yo había planteado, la representación sería nuestra.

Llamaron a mi padre, obtuve su respaldo y conseguí la marca.

Desde aquel momento comenzamos a trabajar juntos.

Esa experiencia marcó mi vida porque comprendí que la confianza no siempre se recibe como un regalo; muchas veces debe construirse, demostrarse y ganarse. Mi padre me permitió enfrentar una prueba que, más allá de conseguir una marca, me enseñó a prepararme, asumir responsabilidades, defender mis ideas y cumplir mi palabra.

Los años pasaron y cada etapa fue, indiscutiblemente, necesaria para convertirme en quien soy. He conocido el amor y también el desamor. He experimentado la lealtad, pero también la deslealtad. He celebrado victorias y enfrentado momentos en los que fue necesario comenzar nuevamente.

Conocí un mundo completamente analógico y fui testigo de su transformación hacia lo digital. Crecí en una época en la que las noticias llegaban impresas en papel, las fotografías debían revelarse en un cuarto oscuro y, si algo salía mal durante el revelado, se podía perder todo. Las llamadas se realizaban desde teléfonos fijos y, para investigar, era necesario abrir una enciclopedia. Hoy vivimos conectados permanentemente, recibimos información en segundos y podemos comunicarnos con alguien que se encuentra al otro lado del planeta.

Quizás por eso me resulta tan significativo observar aquel ejemplar de El Telégrafo. En 1979, esa portada era una de las principales ventanas para comprender el mundo. Hoy puedo fotografiarla, compartirla digitalmente y convertirla en el punto de partida de este relato. El papel y la pantalla se encuentran para contar la misma historia.

También fui testigo de cambios históricos, crisis económicas, transformaciones políticas y de una pandemia que paralizó al planeta y nos recordó nuestra fragilidad. Vivimos durante un tiempo encerrados, tres meses para ser precisos, y luego retomamos nuestras actividades con el miedo respirándonos en la nuca ante la posibilidad de contagiarnos. Además, permanecimos alejados de las personas que amábamos, aprendiendo que la normalidad que considerábamos segura podía desaparecer de un momento a otro.

He viajado y conocido diferentes culturas. Cada viaje ha despertado aún más mi curiosidad. He comprendido que el mundo es demasiado amplio para creer que nuestra forma de pensar es la única correcta. Viajar me enseñó a observar, a comparar, a respetar y, especialmente, a preguntar.

Mientras más aprendo, más convencido estoy de que todavía me falta muchísimo por conocer. Y esa certeza, lejos de preocuparme, me entusiasma, ya que siempre podemos aprender algo más, mejorar algo más y hacer algo más.

Existe, además, una pequeña anécdota alrededor de mi nacimiento. Las personas que verdaderamente me conocen saben que nací el 31 de octubre. Quienes no me conocen tanto creen que nací el 1 de noviembre, porque esa es la fecha que aparece oficialmente en mi cédula. Supongo que para mi querida madre resultaba difícil aceptar que su primer hijo hubiera nacido precisamente en Halloween. Así que mi verdadera fecha quedó durante años como una especie de secreto reservado para familiares y amigos cercanos.

Tal vez por eso mi identidad contiene, desde el comienzo, una pequeña contradicción: nací un día, pero oficialmente aparezco en otro. Entre el 31 de octubre y el 1 de noviembre existe apenas una noche de diferencia, pero también una buena historia que contar.

Quienes me siguen en redes sociales saben que me gusta escribir. Tengo varios artículos en los que intento resumir lo que pienso, lo que hago y, en cierta manera, lo que soy. Escribo porque las ideas que no se expresan terminan perdiéndose y porque ponerlas en palabras me ayuda a ordenarlas y entenderlas.

Una de las conclusiones a las que he llegado es que realmente somos lo que hacemos y no simplemente lo que decimos. Las palabras pueden describir nuestras intenciones, pero nuestras acciones revelan nuestro carácter. También he comprendido que no importa únicamente cuánto sabemos, sino cuánto de ese conocimiento somos capaces de aplicar.

Se me hace extraño hablar sobre mí. Prefiero escuchar. Con el tiempo aprendí a escuchar aproximadamente un setenta por ciento y a hablar el treinta por ciento restante. Escuchar me ha permitido conocer historias, entender puntos de vista y descubrir cosas que jamás habría aprendido hablando únicamente de mí.

Sin embargo, esa proporción cambia cuando un tema me apasiona. En esos momentos puedo hablar durante horas, porque cuando explico algo también lo comprendo mejor. Enseñando vuelvo a aprender, cuestiono mis propias ideas y descubro nuevas formas de mirar lo que creía conocer.

En definitiva, recuerdo con cariño y nostalgia todos esos momentos que me ayudaron a crecer. Son tantas las anécdotas, los aprendizajes y los recuerdos que hoy comprendo que incluso los errores, las discusiones, las dificultades y las pequeñas aventuras de la infancia tuvieron un propósito.

Todo lo vivido ha valido la pena.

El 31 de octubre de 1979, el mundo hablaba de presidentes, ministros, alcaldes, organismos internacionales y disputas políticas. Probablemente ninguna de aquellas personas sabía que sus decisiones aparecerían, décadas después, en el relato personal de alguien que acababa de nacer.

Ese niño era yo.

Hoy, al mirar aquella portada, comprendo que cada persona nace dentro de una época, pero no está condenada simplemente a observarla. También puede participar en ella, transformarla y dejar su propia marca.

Mi historia comenzó un miércoles a las nueve de la noche, en una fecha que algunos celebran y otros cuestionan. Desde entonces he aprendido, me he equivocado, he amado, he perdido, he viajado, he enseñado, he escuchado, he negociado, he emprendido y he vuelto a comenzar más de una vez.

Todavía no sé cuál será el titular con el que se resumirá mi vida. Pero sí sé algo: mientras siga sintiendo curiosidad, aprendiendo de mis padres, de mis hijos y de las personas que encuentre en el camino, continuaré escribiendo mi propia historia.

Porque, al final, no somos únicamente la fecha en la que nacimos ni las circunstancias que encontramos al llegar al mundo.

Somos las huellas que decidimos dejar después de haber llegado.

Un comentario en “La historia que no apareció en la portada.

  1. muy interesante historia, ejemplo de que como bien mencionas, construimos lo que somos atraves de nuestras acciones que muchas de ellas están basadas en nuestros pensamientos, costumbres, hábitos, ect. Somos un cùmulo de lo que nos pasa, lo que hacemos y lo que nos hacen. Por eso es bueno vivir la vida con una pasión equilibrada entre no que hacemos lo que nos pasa y lo que nos hacen. No se deja de crecer aprender y sobre todo de cambiar.

    buena historia de la niño haloween..

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